Este año, el premio Pulitzer premió por primera vez en una categoría a un medio digital.
Los ganadores del premio más esperado en el gremio periodístico de Estados Unidos fueron reconocidos este año sin distinción de formato en la Universidad de Columbia, lugar donde se celebra esta ceremonia desde su creación.
Las categorías, los ganadores y los motivos de su victoria son los siguientes:
Servicio público para The Guardian y The Washington Post por su distinguido ejemplo de servicio público.
Reporte de último minuto para The Boston Globe por la rapidez y la veracidad con la que informaron los casos más importantes.
Reportaje de investigación para Chris Hamby de The Center for Public Integrity por su trabajo en la investigación periodística utilizando todas las herramientas disponibles.
Exposición de informes para Eli Saslow de The Washington Post por volver simple una explicación de un tema complejo de manera extraordinaria.
Reportaje local para Will Hobson y Michael LaForgia de The Tampa Bay Times por investigar los problemas más relevantes de su localidad.
Periodismo nacional para David Philipps de The Gazette por su habilidad para reportar acerca de los problemas nacionales.
Otro blog de Luis Alberto Ascama Torres para un curso de la universidad Jaime Bausate y Meza
jueves, 8 de mayo de 2014
Los Pulitzer y la objetividad de Joseph
Fusilando recuerdos
Voltear entrada de Cien años de soledad
El coronel Aureliano Buendía rememoró el momento en que su padre lo llevó por primera vez a admirar un gélido y remoto lugar, instantes antes de que el pelotón de fusilamiento cumpla la orden de apuntarle al cuerpo.
Aquél río de aguas transparentes que corría entre enormes y ovaladas piedras talladas por la fuerza de la corriente no era otro lugar que Macondo, una aldea con casitas de frágil material artesanal.
Muchos de los objetos existentes eran tan nuevos que carecían de nombre propio, motivo por el cual había que señalarlos para saber a qué se referían los lugareños al hablar.
El coronel Aureliano Buendía rememoró el momento en que su padre lo llevó por primera vez a admirar un gélido y remoto lugar, instantes antes de que el pelotón de fusilamiento cumpla la orden de apuntarle al cuerpo.
Aquél río de aguas transparentes que corría entre enormes y ovaladas piedras talladas por la fuerza de la corriente no era otro lugar que Macondo, una aldea con casitas de frágil material artesanal.
Muchos de los objetos existentes eran tan nuevos que carecían de nombre propio, motivo por el cual había que señalarlos para saber a qué se referían los lugareños al hablar.
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