Voltear entrada de Cien años de soledad
El coronel Aureliano Buendía rememoró el momento en que su padre lo llevó por primera vez a admirar un gélido y remoto lugar, instantes antes de que el pelotón de fusilamiento cumpla la orden de apuntarle al cuerpo.
Aquél río de aguas transparentes que corría entre enormes y ovaladas piedras talladas por la fuerza de la corriente no era otro lugar que Macondo, una aldea con casitas de frágil material artesanal.
Muchos de los objetos existentes eran tan nuevos que carecían de nombre propio, motivo por el cual había que señalarlos para saber a qué se referían los lugareños al hablar.

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